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Liderazgo político de mujeres en Ecuador, una autoridad que se disputa por dentro y por fuera

Jul 9, 2026 | Mujeres AuténtiKAS

Por Amanda Hidalgo.

En Ecuador la desigualdad en la actividad política sigue siendo una tarea pendiente, a pesar de que el país ha construido un marco normativo que en teoría favorece la equidad participativa de género. El artículo 116 de la Constitución de 2008 ordenó que el sistema electoral respondiera a principios de paridad y alternabilidad entre mujeres y hombres, mandato que el Código de la Democracia desarrolló mediante reglas de paridad, alternabilidad y secuencialidad en las listas pluripersonales. La reforma de 2020 fijó plazos concretos, un quince por ciento de listas encabezadas por mujeres en 2021, un treinta por ciento en 2023, un cincuenta por ciento en 2025 (Asamblea Nacional del Ecuador, 2020). Sobre el papel, el país avanza hacia la paridad horizontal. En los hechos, el acceso de las mujeres a las dignidades de mayor peso sigue siendo escaso.

Esa distancia entre la norma y la vida cotidiana se explica, en buena medida, por lo que ocurre dentro de las organizaciones políticas, espacio obligatorio de tránsito porque la ley exige que toda candidatura se ejerza a través de un partido. Ahí, dentro, las mujeres compartimos la misma agenda que los hombres, pero con una carga adicional que rara vez se nombra, la de tener que hacerlo siendo además madres, luciendo impecables, cuidando el tono en que hablamos. Basta revisar décadas de entrevistas a políticos ecuatorianos para notar que a las mujeres se las evalúa, y muchas veces se las elige, más por el rostro que por el proyecto que sostienen. Foucault mostró que el saber y el poder se producen juntos, que un entramado de discursos decide qué cuerpos resultan legibles como autoridad, y ese entramado explica la vigilancia que sufre el cuerpo femenino en campaña y no el masculino. Bourdieu llamó violencia simbólica a esa forma de dominación que no necesita coacción explícita porque ha sido interiorizada como si fuera el orden natural de las cosas, y algo de esa naturalización opera cuando una candidata asume, sin que nadie se lo imponga, que debe cuidar su figura antes de subir a una tarima.

A esa dinámica interna se suma otra que ocurre puertas afuera, en la manera en que la sociedad consume la oferta política. El voto obligatorio convierte al elector en alguien forzado a escoger entre opciones que no siempre buscó, como quien recorre una percha y debe llevarse algo a casa. Guy Debord habría reconocido ahí un fragmento de lo que llamó la sociedad del espectáculo, ese estado en el que la imagen de la candidata sustituye, ante el elector apurado, al programa que dice representar. Jean Baudrillard fue más lejos al sostener que el signo deja de referir a algo real y empieza a valer por sí mismo, un simulacro que circula sin que nadie pregunte qué hay detrás. El criterio que más pesa suele ser el rostro, el cuerpo, el apellido, antes que las ideas. A los hombres también los alcanza esta lógica mercantil, pero a las mujeres con un peso mayor, porque siguen operando cánones de fisonomía y de delgadez.

Ambas presiones, la de adentro y la de afuera, tienen una raíz común que Audre Lorde nombró con una imagen difícil de olvidar, la de «intentar desarmar la casa del amo con las herramientas del amo». Solo puede desmontarse un sistema que funciona como mercado empleando en algún momento las mismas herramientas que ese sistema ofrece. Butler añade una capa útil para entender lo que se exige a una candidata antes de reconocérsele autoridad alguna, pues el género no es una esencia sino una actuación repetida que se vuelve creíble solo si se ajusta a las normas que la vuelven inteligible, y ese ajuste es lo que se exige a las mujeres en campaña, actuar la maternidad, la belleza, la mesura, para volverse reconocibles ante un electorado que de otro modo no sabría dónde ubicarlas. Hacer política partidista exige además tiempo disponible, un recurso que sigue repartido de forma desigual entre el cuidado de los hijos y el desarrollo de una carrera propia, lo cual explica por qué la escalada hacia el liderazgo resulta más lenta para las mujeres.

Las redes sociales entraron a modificar este escenario sin transformarlo del todo. Ayudan a la visibilidad, aunque dentro de una lógica que Umberto Eco describió como la tensión entre apocalípticos e integrados, y que vuelve virales sobre todo a quienes cumplen los cánones de belleza validados por la superestructura mercantil. El reto está en aprovechar ese podio virtual complementándolo con formación técnica y con un discurso que sostenga un proyecto de gobernanza verificable.

Hay todavía una dimensión que tiene que ver con el conocimiento antes que con la coyuntura electoral. Los discursos se sostienen en el mundo a través de lo que se conoce, y el conocer depende de las plataformas que replican ciertos relatos y silencian otros, ejerciendo lo que Antonio Gramsci llamó hegemonía en el terreno de la comunicación. Hace falta nombrar a más mujeres latinoamericanas que hayan ejercido un liderazgo eficaz, porque existen, y lo que no se nombra tiende a desaparecer de lo observable, en la línea de lo que se conoce como epistemologías del sur.

El liderazgo político de las mujeres en Ecuador no debería mirarse solo desde el registro de la desigualdad, aunque esa desigualdad exista y deba señalarse con datos y con nombre propio. Conviene mirarlo también desde las fortalezas que el sistema actual, con sus contradicciones, ofrece a quienes deciden ejercer un discurso de liderazgo. Quizá el aporte más concreto que puede hacerse desde aquí no sea otro que la visibilización sostenida, nombrar a la mujer que lo hizo, especialmente cuando ese caso ocurrió cerca, porque para una niña no hay nada más persuasivo que reconocer, en la historia de otra mujer, una trayectoria que se parece a la de su madre o a la de su abuela y que por ende sea una posibilidad también para ella.

Referencias

Asamblea Nacional del Ecuador. (2020). Paridad y asignación de escaños, importantes cambios en el Código de la Democracia. https://www.asambleanacional.gob.ec/es/noticia/64446-paridad-y-asignacion-de-escanos-importantes-cambios-en

Baudrillard, J. (1981). Simulacres et simulation. Éditions Galilée.

Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama. (Obra original publicada en 1998)

Butler, J. (1990). Gender Trouble, feminism and the subversion of identity. Routledge.

Debord, G. (1967). La société du spectacle. Buchet-Chastel.

Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. La Piqueta.

Ley Orgánica Electoral, Código de la Democracia. (2020). Registro Oficial Suplemento 134, 3 de febrero de 2020.

Lorde, A. (1984). Sister Outsider, essays and speeches. Crossing Press.